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Madrigales

Aurelio Arturo

MADRIGALES

I
Déjame ya ocultarme en tu recuerdo inmenso,
que me toca y me ciñe
como una niebla amante;
y que la tibia tierra de tu carne me añore,
oh
isla de alas rosadas, plegadas dulcemente.
Y estos versos fugaces que tal vez fueron besos,
y polen de florestas
en futuros sin tiempo,
ya son como reflejos de lunas y de olvidos,
estos versos que digo, sin decir, a tu oído.
II
Llámame en la hondonada de tus sueños más dulces,
llámame con
tus cielos, con tus nocturnos firmamentos,
llámame con tus noches
desgarradas al fondo
por esa ala inmensa de imposible blancura.
Llámame en el collado, llámame en la llanura
y en el viento y la
nieve, la aurora y el poniente,
llámame con tu voz, que es esa flor que
sube
mientras a tierra caen llorándola sus pétalos.
III
No es para
ti que, al fin, estas líneas escribo
en la página azul de este cielo
nostálgico
como el viejo lamento del viento en el postigo
del día más
floral entre los días idos.
Una palabra vuelve, pero no es tu palabra,
aunque fuera tu aliento
que repite mi nombre,
sino mi boca húmeda de tus besos perdidos,
sino
tus labios vivos en los míos, furtivos.
Y vuelve, cada siempre, entre el follaje alterno
de días y de noches,
de soles y sombrías
estrellas repetidas, vuelve como el celaje
y su
bandada quieta, veloz y sin fatiga.
No es para ti este canto que fulge de tus lágrimas,
no para ti este
verso de melodías oscuras,
sino que entre mis manos tu temblor aún
persiste
y en él, el fuego eterno de nuestras horas
De «Morada al Sur» (1963)