✧ Obra Maestra
Clima
Aurelio Arturo
CLIMA
Este verde
poema, hoja por hoja,
lo mece un viento fértil, suroeste;
este poema
es un país que sueña,
nube de luz y brisa de hojas verdes.
Tumbos del agua, piedras, nubes, hojas
y un soplo ágil en todo, son
el canto.
Palmas había, palmas y las brisas
y una luz como espadas por
el ámbito.
El viento fiel que mece mi poema,
el viento fiel que la canción
impele,
hojas meció, nubes meció, contento
de mecer nubes blancas y
hojas verdes.
Yo soy la voz que al viento dio canciones
puras en el oeste de mis
nubes;
mi corazón en toda palma, roto
dátil, unió los horizontes
múltiples.
Y en mi país apacentando nubes,
puse en el sur mi corazón, y al
norte,
cual dos aves rapaces, persiguieron
mis ojos, el rebaño de
horizontes.
La vida es bella, dura mano, dedos
tímidos al formar el frágil vaso
de tu canción, lo colmes de tu gozo
o de escondidas mieles de tu llanto.
Este verde poema, hoja por hoja
lo mece un viento fértil, un esbelto
viento que amó del sur hierbas y cielos,
este poema es el país del
viento.
Bajo un cielo de espadas, tierra oscura,
árboles verdes, verde
algarabía
de las hojas menudas y el moroso
viento mueve las hojas y
los días.
Dance el viento y las verdes lontananzas
me llamen con recónditos
rumores:
dócil mujer, de miel henchido el seno,
amó bajo las palmas
mis canciones.
Interludio
Desde
el lecho por la mañana soñando despierto,
a través de las horas del día,
oro o niebla,
errante por la ciudad o ante la mesa de trabajo,
¿a
dónde mis pensamientos en reverente curva?
Oyéndote desde lejos, aun de extremo a extremo,
oyéndote como una
lluvia invisible, un rocío.
Sintiéndote en tus últimas palabras, alta,
siempre al fondo de mis actos, de mis signos cordiales,
de mis gestos,
mis silencios, mis palabras y pausas.
A través de las horas del día, de la noche
-la noche avara pagando el
día moneda a moneda-
en los días que uno tras otro son la vida, la vida
con tus palabras, alta, tus palabras, llenas de rocío,
oh tú que recoges
en tu mano la pradera de mariposas.
Desde el lecho por la mañana, a través de las horas,
melodía, casi
una luz que nunca es súbita,
con tu ademán gentil, con tu gracia amorosa,
oh tú que recoges en tus hombros un cielo de palomas.
La canción del verano
Y ésta es la canción de un verano
entre muchos hermosos veranos,
cuando el polvo se alza y danza
y el cielo es un follaje azul, distante.
Y entonces fue cuando vino con las brisas
que se levantan de los
arroyos y de sus conchas,
la que cantaba la canción del verano,
la
canción de yerbas secas y aromáticas
que arrullaban, cuando a mi lado
la sentía como una tierra que respira
y como un sueño de pólenes y
estrellas
que resbalan tibias por la piel y las manos.
Entonces vino saltando
en medio de las brisas y la tarde, en grupo,
y lo primero que vi fue su traje ondeando
a lo lejos a la distancia
contra el cielo puro.
Pero desde entonces no tuve ya nunca ojos para su
traje.
Y no oí nada más, sino la canción del verano.
Este verde
poema, hoja por hoja,
lo mece un viento fértil, suroeste;
este poema
es un país que sueña,
nube de luz y brisa de hojas verdes.
Tumbos del agua, piedras, nubes, hojas
y un soplo ágil en todo, son
el canto.
Palmas había, palmas y las brisas
y una luz como espadas por
el ámbito.
El viento fiel que mece mi poema,
el viento fiel que la canción
impele,
hojas meció, nubes meció, contento
de mecer nubes blancas y
hojas verdes.
Yo soy la voz que al viento dio canciones
puras en el oeste de mis
nubes;
mi corazón en toda palma, roto
dátil, unió los horizontes
múltiples.
Y en mi país apacentando nubes,
puse en el sur mi corazón, y al
norte,
cual dos aves rapaces, persiguieron
mis ojos, el rebaño de
horizontes.
La vida es bella, dura mano, dedos
tímidos al formar el frágil vaso
de tu canción, lo colmes de tu gozo
o de escondidas mieles de tu llanto.
Este verde poema, hoja por hoja
lo mece un viento fértil, un esbelto
viento que amó del sur hierbas y cielos,
este poema es el país del
viento.
Bajo un cielo de espadas, tierra oscura,
árboles verdes, verde
algarabía
de las hojas menudas y el moroso
viento mueve las hojas y
los días.
Dance el viento y las verdes lontananzas
me llamen con recónditos
rumores:
dócil mujer, de miel henchido el seno,
amó bajo las palmas
mis canciones.
Interludio
Desde
el lecho por la mañana soñando despierto,
a través de las horas del día,
oro o niebla,
errante por la ciudad o ante la mesa de trabajo,
¿a
dónde mis pensamientos en reverente curva?
Oyéndote desde lejos, aun de extremo a extremo,
oyéndote como una
lluvia invisible, un rocío.
Sintiéndote en tus últimas palabras, alta,
siempre al fondo de mis actos, de mis signos cordiales,
de mis gestos,
mis silencios, mis palabras y pausas.
A través de las horas del día, de la noche
-la noche avara pagando el
día moneda a moneda-
en los días que uno tras otro son la vida, la vida
con tus palabras, alta, tus palabras, llenas de rocío,
oh tú que recoges
en tu mano la pradera de mariposas.
Desde el lecho por la mañana, a través de las horas,
melodía, casi
una luz que nunca es súbita,
con tu ademán gentil, con tu gracia amorosa,
oh tú que recoges en tus hombros un cielo de palomas.
La canción del verano
Y ésta es la canción de un verano
entre muchos hermosos veranos,
cuando el polvo se alza y danza
y el cielo es un follaje azul, distante.
Y entonces fue cuando vino con las brisas
que se levantan de los
arroyos y de sus conchas,
la que cantaba la canción del verano,
la
canción de yerbas secas y aromáticas
que arrullaban, cuando a mi lado
la sentía como una tierra que respira
y como un sueño de pólenes y
estrellas
que resbalan tibias por la piel y las manos.
Entonces vino saltando
en medio de las brisas y la tarde, en grupo,
y lo primero que vi fue su traje ondeando
a lo lejos a la distancia
contra el cielo puro.
Pero desde entonces no tuve ya nunca ojos para su
traje.
Y no oí nada más, sino la canción del verano.
De «Morada al Sur» (1963)