Canción del ayer
Aurelio Arturo
CANCIóN DEL AYER
Un largo, un oscuro salón rumoroso
cuyos confines parecían perderse en
otra edad balsámica.
Recuerdo como tres antorchas áureas nuestras cabezas
inclinadas
sobre aquel libro viejo que rumoraba profundamente en
la noche.
Y la noche golpeaba con leves nudillos en la puerta de
roble.
Y en los rincones tantas imágenes bellas, tanto camino
soleado, bajo una leve capa de sombra luciente como
terciopelo.
La voz de Saúl me era una barca melodiosa.
Pero yo
prefería el silencio, el silencio de rosas y plumas,
de Vicente, el menor, que era como un ángel
que hubiese escondido su
par de alas en un profundo
armario.
Mas, ¿quién era esa alta, trémula mujer en el salón
profundo?
¿Quién la bella criatura en nuestros sueños profusos?
¿Quizá la esbelta beldad por quien cantaba nuestra sangre?
¿O así, tan joven, de luz y silencio, nuestra madre?
O acaso,
acaso esa mujer era la misma música,
la desnuda música avanzando desde el piano,
avanzando por el largo,
por el oscuro salón como en un
sueño.
(A ti lejano Esteban, que bebiste mi vino,
te lo
quiero contar, te lo cuento en humanas, míseras
palabras:
Cuando estás en la sombra. Cuando tus sueños bajan
de una
estrella a otra hasta tu lecho,
y entre tus propios sueños eres humo de incienso,
quizá entonces
comprendas, quizá sientas,
por qué en mi voz y en mi palabra hay niebla).
Un largo, un
oscuro salón, tal vez la infancia.
Leíamos los tres y escuchábamos el rumor de la vida,
en la noche
tibia, destrenzada, en la noche
con brisas del bosque. Y el grande, oscuro piano,
llenaba de ángeles
de música toda la vieja casa.
Un largo, un oscuro salón rumoroso
cuyos confines parecían perderse en
otra edad balsámica.
Recuerdo como tres antorchas áureas nuestras cabezas
inclinadas
sobre aquel libro viejo que rumoraba profundamente en
la noche.
Y la noche golpeaba con leves nudillos en la puerta de
roble.
Y en los rincones tantas imágenes bellas, tanto camino
soleado, bajo una leve capa de sombra luciente como
terciopelo.
La voz de Saúl me era una barca melodiosa.
Pero yo
prefería el silencio, el silencio de rosas y plumas,
de Vicente, el menor, que era como un ángel
que hubiese escondido su
par de alas en un profundo
armario.
Mas, ¿quién era esa alta, trémula mujer en el salón
profundo?
¿Quién la bella criatura en nuestros sueños profusos?
¿Quizá la esbelta beldad por quien cantaba nuestra sangre?
¿O así, tan joven, de luz y silencio, nuestra madre?
O acaso,
acaso esa mujer era la misma música,
la desnuda música avanzando desde el piano,
avanzando por el largo,
por el oscuro salón como en un
sueño.
(A ti lejano Esteban, que bebiste mi vino,
te lo
quiero contar, te lo cuento en humanas, míseras
palabras:
Cuando estás en la sombra. Cuando tus sueños bajan
de una
estrella a otra hasta tu lecho,
y entre tus propios sueños eres humo de incienso,
quizá entonces
comprendas, quizá sientas,
por qué en mi voz y en mi palabra hay niebla).
Un largo, un
oscuro salón, tal vez la infancia.
Leíamos los tres y escuchábamos el rumor de la vida,
en la noche
tibia, destrenzada, en la noche
con brisas del bosque. Y el grande, oscuro piano,
llenaba de ángeles
de música toda la vieja casa.
De «Morada al Sur» (1963)